Soy Miguel Rodas y mi cocina es el puente entre dos mundos: el Japón de mis antepasados y el Guatemala que me vio nacer. Mi historia comienza con mi abuelo, Hiroshi Rodas, un japonés que llegó a Guatemala con una maleta llena de sueños y una caja de cuchillos que su padre le había regalado. Él decía que un cuchillo bien afilado es como una pluma, y que cocinar es como escribir poesía. Y yo, desde niño, aprendí a escribir con él.
Crecí entre el aroma del miso y el de los chiles guatemaltecos, entre el ritual del té y el del chocolate caliente, entre la precisión del corte japonés y la pasión del sazón latino. Mi abuelo me enseñó que la cocina japonesa no es solo técnica, es filosofía. Que cada ingrediente merece respeto, que cada plato debe ser equilibrado y hermoso, y que la comida se come primero con los ojos. Pero también me enseñó a amar el maíz, los frijoles y el chile, porque eso era Guatemala, eso era su nueva tierra.
Cuando cocino, no elijo entre Japón y Guatemala. Los mez...Soy Miguel Rodas y mi cocina es el puente entre dos mundos: el Japón de mis antepasados y el Guatemala que me vio nacer. Mi historia comienza con mi abuelo, Hiroshi Rodas, un japonés que llegó a Guatemala con una maleta llena de sueños y una caja de cuchillos que su padre le había regalado. Él decía que un cuchillo bien afilado es como una pluma, y que cocinar es como escribir poesía. Y yo, desde niño, aprendí a escribir con él.
Crecí entre el aroma del miso y el de los chiles guatemaltecos, entre el ritual del té y el del chocolate caliente, entre la precisión del corte japonés y la pasión del sazón latino. Mi abuelo me enseñó que la cocina japonesa no es solo técnica, es filosofía. Que cada ingrediente merece respeto, que cada plato debe ser equilibrado y hermoso, y que la comida se come primero con los ojos. Pero también me enseñó a amar el maíz, los frijoles y el chile, porque eso era Guatemala, eso era su nueva tierra.
Cuando cocino, no elijo entre Japón y Guatemala. Los mezclo. Creo platillos donde el dashi se encuentra con el chile guaque, donde el sashimi se acompaña de un chirmol de tomate asado, donde la salsa de soya se fusiona con el recado de pepián. Mi abuelo me decía que la verdadera cocina es la que se atreve a soñar, y yo he soñado con un sabor que no tiene fronteras.
Hoy quiero compartir con ustedes mi historia, mi herencia y mi pasión. En mis clases, no solo aprenderán recetas, aprenderán a ver la cocina como un acto de respeto, de creatividad y de amor. Porque cocinar es honrar a quienes vinieron antes y abrazar a quienes están a nuestro alrededor. Mi abuelo Hiroshi estaría orgulloso de ver que su legado vive en cada plato que preparo, y que su Japón y mi Guatemala se encuentran en una mesa compartida.
Los invito a descubrir conmigo el sabor de la fusión, el equilibrio de los opuestos y la magia de dos culturas en un mismo plato. Porque cuando cocinamos con el corazón, cada bocado cuenta una historia.